I.
HECHOS
1.
En nuestro continente, millones de hombres se encuentran marginados
de la sociedad e impedidos de alcanzar la plena dimensión de
su destino, sea por la vigencia de estructuras inadecuadas e injustas,
sea por otros factores, como el egoísmo o la insensibilidad.
Por otra parte, en él se está imponiendo la conciencia
de que es necesario poner en marcha o activar un proceso de integración
en todos los niveles: desde la integración de los marginados
a los beneficios de la vida social, hasta la integración económica
y cultural de nuestros países.
2.
La Iglesia debe afrontar esta situación con estructuras pastorales
aptas, es decir, obviamente marcadas con el signo de la organicidad
y de la unidad. Ahora bien, cuando se examina la realidad desde este
punto de vista, se constatan algunos hechos de signo positivo y otros
de signo negativo.
3.
Entre los primeros podemos mencionar:
a)
La conciencia bastante difundida, aunque a veces imprecisa y vaga,
de las ideas de "Pastoral de Conjunto" y de "Planificación
pastoral", como también diversas realizaciones efectivas
en estas líneas;
b)
La vitalización de las vicarías foráneas, la
creación de zonas y la constitución de equipos sacerdotales,
por exigencias de acción pastoral conjunta;
c)
La celebración de Sínodos y la constitución,
ya comenzada en muchos lugares, de los Consejos presbiterial y pastoral
propiciados por el Concilio;
d)
El deseo de los laicos de participar en las estructuras pastorales
de la Iglesia;
e)
La importancia adquirida por las Conferencias Episcopales y la misma
existencia de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
y del CELAM.
4.
Entre los hechos de signo negativo figuran los siguientes:
a)
Inadecuación de la estructura tradicional en muchas parroquias
para proporcionar una vivencia comunitaria;
b)
Sensación bastante generalizada de que las curias diocesanas
son organismos burocráticos y administrativos;
c)
Desazón en muchos sacerdotes, proveniente de no encontrar un
lugar decisivo en algunas crisis sacerdotales, como también,
por analogía de situaciones, en las crisis de un número
considerable de religiosos y laicos;
d)
Actitudes particularistas de personas o instituciones en situaciones
que exigen coordinación;
e)
Casos de aplicación desacertada de la Pastoral de Conjunto
o de la Planificación, sea por improvisación o incompetencia
técnica, sea por excesiva valoración de los "planes",
sea por una concepción demasiado rígida y autoritaria
de su puesta en práctica.
II.
PRINCIPIOS DOCTRINALES
5.
Toda revisión de las estructuras eclesiales en lo que tienen
de reformable, debe hacerse, por cierto, para satisfacer las exigencias
de situaciones históricas concretas, pero también con
los ojos puestos en la naturaleza de la Iglesia. La revisión
que debe llevarse a cabo hoy en nuestra situación continental,
ha de estar inspirada y orientada por dos ideas directrices muy subrayadas
en el Concilio: la de comunión y la de catolicidad [LG 13].
6.
En efecto, la Iglesia es ante todo un misterio de comunión católica,
pues en el seno de su comunidad visible por el llamamiento de la Palabra
de Dios y por la gracia de sus sacramentos, particularmente de la Eucaristía,
todos los hombres pueden participar fraternalmente de la común
dignidad de hijos de Dios [LG 9, 32], y todos también, compartir
la responsabilidad y el trabajo para realizar la común misión
de dar testimonio del Dios que los salvó y los hizo hermanos
en Cristo [LG 17; AA 3].
7.
Esta comunión que une a todos los bautizados, lejos de impedir,
exige que dentro de la comunidad eclesial exista multiplicidad de funciones
específicas, pues para que ella se constituya y pueda cumplir
su misión, el mismo Dios suscita en su seno diversos ministerios
y otros carismas que le asignan a cada cual un papel peculiar en la
vida y en la acción de la Iglesia. Entre los ministerios, tienen
lugar particular los que están vinculados con un carácter
sacramental. Estos introducen en la Iglesia una dimensión estructural
de derecho divino. Los diversos ministerios, no sólo deben estar
al servicio de la unidad de comunión, sino que a su vez deben
constituirse y actuar en forma solidaria. En especial, los ministerios
que llevan anexa la función pastoral, episcopado y presbiterado
deben ejercerse siempre en espíritu colegial, y así obispos
y presbíteros, al tener que actuar siempre como miembros de un
cuerpo (colegio episcopal o presbiterio, respectivamente), "ejemplar"
de comunión: "forma facti gregis" [1 Pe 5, 3].
8.
Es esencial que todas las comunidades eclesiales se mantengan abiertas
a la dimensión de comunión católica, en tal forma
que ninguna se cierre sobre sí misma. Asegurar el cumplimiento
de esta exigencia es tarea que incumbe particularmente a los ministros
jerárquicos, y en forma especialísima a los obispos, quienes,
colegialmente, unidos con el Romano Pontífice, su Cabeza, son
el principio de la catolicidad de las Iglesias. Para que dicha abertura
sea efectiva y no puramente jurídica, tiene que haber comunicación
real, ascendente y descendente, entre la base y la cumbre.
9.
De todo lo dicho se desprende que la acción pastoral de la comunidad
eclesial, destinada a llevar a todo el hombre y a todos los hombres
a la plena comunión de la vida con Dios en la comunidad visible
de la Iglesia, debe ser necesariamente global, orgánica y articulada.
De aquí, a su vez, se infiere que las estructuras eclesiales
deben ser periódicamente revisadas y reajustadas en tal forma
que pueda desarrollarse armoniosamente lo que se llama una Pastoral
de Conjunto: es decir, toda esa obra salvífica común exigida
por la misión de la Iglesia en su aspecto global, "como
fermento y alma de la sociedad que debe renovarse en Cristo y transformarse
en familia de Dios" [GS 40].
III.
ORIENTACIONES PASTORALES
Renovación
de estructuras pastorales
COMUNIDADES
CRISTIANAS DE BASE
10.
La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla
el cristiano en su "comunidad de base"; es decir, una comunidad
local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo,
y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno
entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia
debe estar orientado a la transformación de esas comunidades
en "familia de Dios", comenzando por hacerse presente en ellas
como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño,
que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad [LG 8].
La comunidad cristiana de base es así el primero y fundamental
núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse
de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto
que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de
estructuración eclesial, y foco de la evangelización,
actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo.
11.
Elemento capital para la existencia de comunidades cristianas de base
son sus líderes y dirigentes. Estos pueden ser sacerdotes, diáconos,
religiosos o laicos. Es de desear que pertenezcan a la comunidad por
ellos animada. La detección y formación de líderes
deberán ser objeto preferente de la preocupación de párrocos
y obispos, quienes tendrán siempre presente que la madurez espiritual
y moral dependen en gran medida de la asunción de responsabilidades
en un clima de autonomía [GS 55].
Los
miembros de estas comunidades, "viviendo conforme a la vocación
a que han sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado,
sacerdotal, profética y real", y hagan así de su
comunidad "un signo de la presencia de Dios en el mundo" [AG
15].
12.
Se recomienda que se hagan estudios serios, de carácter teológico,
sociológico e histórico, acerca de estas comunidades cristianas
de base, que hoy comienzan a surgir, después de haber sido punto
clave en la pastoral de los misioneros que implantan la fe y la Iglesia
en nuestro continente. Se recomienda también que las experiencias
que se realicen se den a conocer a través del CELAM y se vayan
coordinando en la medida de lo posible.
Parroquias,
vicarías foráneas y zonas
13.
La visión que se ha expuesto nos lleva a hacer de la parroquia
un conjunto pastoral, vivificador y unificador de las comunidades de
base. Así la parroquia ha de descentralizar su pastoral en cuanto
a sitios, funciones y personas, justamente para "reducir a unidad
todas las diversidades humanas que en ellas se encuentran e insertarlas
en la universalidad de la Iglesia" [AA 10].
14.
El párroco ha de ser, en esta figura de la parroquia, el signo
y el principio de la unidad, asistido en el ministerio pastoral por
la colaboración de representantes de su pueblo, laicos, religiosos
y diáconos. Mención especial merecen los vicarios cooperadores,
quienes aun estando bajo la autoridad del párroco, no pueden
ser ya considerados como simples ejecutores de sus directivas, sino
como sus colaboradores, ya que forman parte de un mismo y único
presbitcrio [PO 8].
15.
Cuando una parroquia no puede ser normalmente atendida o contar con
un párroco residente, puede ser confiada a los cuidados de un
diácono o de un grupo de religiosos o religiosas, a ejemplo de
lo que se ha hecho en algunas regiones con resultados muy positivos.
16.
La comunidad parroquial forma parte de una unidad más amplia:
la de la vicaría foránea o decanato, cuyo titular está
llamado a "promover y dirigir la acción pastoral común
en el territorio a él encomendado" [Pablo VI, "Ecclesiae
sanctae" 19 1]. Si varias vicarías foráneas vecinas
son suficientemente homogéneas y caracterizadas en su problemática
pastoral, conviene formar con ellas una zona, que podría quedar
bajo la responsabilidad de un vicario episcopal [Pablo VI, "Ecclesiae
sanctae" 14 2].
Diócesis
17.
El hecho de estar presidida por un obispo, hace que una porción
del Pueblo de Dios "constituya una Iglesia particular, en que se
encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo que es una, santa,
católica y apostólica" [CD 11].
El
obispo es " testigo de Cristo ante todos los hombres" [CD
11], y su tarea esencial es poner a su pueblo en condiciones de testimonio
evangélico de vida y acción. Por consiguiente, sin perjuicio
del apostolado que les compete a todos los bautizados en razón
de su acción, debe él preocuparse en forma especial, de
que los movimientos apostólicos ambientales que ocupan un lugar
tan importante en la estructura pastoral diocesana, se integren armónicamente
en la prosecución de dichas metas. En una palabra, el obispo
tiene la responsabilidad de la Pastoral de conjunto en cuanto tal, y
todos en la diócesis han de coordinar su acción con las
metas y prioridades señaladas por él.
18.
Pero para asumir esta tarea y responsabilidad, debe contar el obispo,
antes que nada, con el Consejo Presbiterial, senado suyo en el régimen
de la diócesis, que debe "ayudarlo eficazmente con sus consejos
en su ministerio y función de enseñar, santificar y apacentar
al Pueblo de Dios" [PO 7].
Es
muy deseable que también pueda contar el obispo con un Consejo
Pastoral dotado de consistencia y funcionalidad de vida a este Consejo,
que representa al Pueblo de Dios en la diversidad de sus condiciones
y estados de vida (sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas,
laicos), le corresponde estudiar y sopesar lo que atañe a las
obras pastorales, "de tal manera que se promueva la conformidad
con el Evangelio de la vida y acción del Pueblo de Dios"
Pablo VI, "Ecclesiae sanctae" 16 1].
Si
el Consejo Presbiterial debe ser el principal canal del diálogo
del obispo con sus presbíteros, el Consejo Pastoral debe serlo
de su diálogo con toda su diócesis.
19.
La Curia Diocesana, como prolongación de la persona misma del
obispo en todos sus aspectos y actividades, debe tener un carácter
primordialmente pastoral [CD 27], y sería de desear que tuviera
representación dentro del Consejo Presbiterial.
Se
recomienda que a los laicos sean encomendados los cargos de la Curia
que puedan ser desempeñados por ellos.
20.
De trascendental importancia es la figura de los Vicarios del Obispo.
La función de los llamados Vicarios Episcopales, y el carácter
eminentemente pastoral de su papel, delineado por el Concilio [CD 37],
no requieren mayores comentarios. Pero es oportuno subrayar que no se
puede seguir considerando al Vicario General como mero administrador
de la diócesis. Siendo el "alter ego" del obispo, ha
de ser un Pastor. En la medida misma en que se multiplican los Vicarios
Episcopales especializados [Pablo VI, "Ecclesiae sanctae"
14 2], es indispensable que el Vicario General sea un hombre penetrado
de toda la amplitud de la misión episcopal.
21.
"Los obispos, en virtud de la consagración sacramental y
por la comunión jerárquica con la cabeza y miembros del
Colegio, son constituidos miembros del Cuerpo Episcopal" [CD 4].
Por consiguiente, deben "mantenerse siempre unidos entre sí
y mostrarse solícitos con todas las Iglesias, ya que, por institución
divina y por imperativo del oficio apostólico, cada uno juntamente
con los otros obispos, es responsable de la Iglesia" [CD 6]. El
cumplimiento de este deber redunda en beneficio de la propia diócesis,
pues así la comunión eclesial de sus fieles se abre a
las dimensiones de la catolicidad.
Conferencias
episcopales
22.
La Conferencia Episcopal ha de constituir en cada país o región
la expresión concreta del espíritu de colegialidad que
debe animar a cada obispo.
Ha
de fortalecer su estructura interna precisando las respectivas responsabilidades,
mediante comisiones formadas por obispos competentes, con asesores especializados.
Es recomendable que se empleen una dinámica de grupo y una técnica
de organizaciones operantes, con amplia utilización de los medios
de comunicación social y de opinión pública.
23.
Su actividad ha de desenvolverse dentro de una auténtica Pastoral
de conjunto y con planes de pastoral que respondan siempre a la realidad
humana y a las necesidades religiosas del Pueblo de Dios. Debe ser elemento
de integración de las diversas diócesis, y en especial,
factor de equilibrio en la distribución de personal y de medios
[CD 6; Pablo VI, "Ecclesiae sanctae" 2; 23/11/65]. Procurarán
también una auténtica integración de todo el personal
apostólico que se ofrece al país desde el exterior, en
particular mediante el diálogo con los organismos episcopales
que lo ofrecen.
24.
Las Conferencias Episcopales han de asumir decididamente todas las atribuciones
que les ha reconocido o concedido el Concilio, en los campos de su competencia,
y de acuerdo con su conocimiento concreto de la realidad inmediata.
25.
Procuren las Conferencias Episcopales que la voz de los respectivos
presbiterios y del laicado del país llegue fielmente hasta ellas.
Asimismo, tengan una más estrecha u operante integración
con la Confederación de Superiores Mayores Religiosos, incorporándolos
en el estudio, la elaboración y la ejecución de la pastoral.
26.
Para que la acción sea más eficaz, se hace necesario aplicar
lo que dice el Concilio: "el bien de las almas pide la debida circunscripción,
no sólo de las diócesis, sino de las provincias eclesiásticas,
de forma que se provea a las necesidades del Apostolado de acuerdo con
las circunstancias sociales y locales" [CD 39]. Conviene plantearse
la conveniencia de las prelaturas personales [PO 10; Pablo VI, "Ecclesiae
sanctae" 4], para una mejor atención a ciertos grupos étnicos
dispersos en varias circunscripciones eclesiásticas y en situaciones
variadas, incluyendo aquí las situaciones migratorias.
27.
Las Conferencias Episcopales han de ser los órganos de aplicación
de los acuerdos de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano.
28.
Para vivir profundamente el espíritu católico estarán
las Conferencias Episcopales en contacto, no sólo con el Romano
Pontífice y los Organismos de la Santa Sede, sino también
con las Iglesias de otros continentes, tanto para la mutua edificación
de las Iglesias, como para la promoción de la justicia y de la
paz en el mundo.
Organismos
continentales
29.
A nivel continental, el espíritu de colegialidad de los obispos
latinoamericanos en la solución de problemas comunes, se expresa
en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, y en el Consejo
Episcopal Latinoamericano, si bien de diversas maneras. Guardada la
integridad del CELAM como organismo de índole continental, nada
impide que, para una mejor coordinación de los trabajos pastorales,
se organicen varios países abocados a problemas o situaciones
similares.
30.
El CELAM, como órgano de contacto, colaboración y servicio,
es una irreemplazable ayuda para la reflexión y la acción
de toda la Iglesia Latinoamericana.
31.
Para la mejor consistencia y funcionalidad de este organismo es urgente
una mayor comunicación entre los Departamentos del CELAM y las
correspondientes Comisiones de las Conferencias Episcopales Nacionales,
en razón de los frentes de trabajo.
32.
El CELAM ha de preocuparse mucho de esta época por una reflexión
integral y continuada y enriquecedora comunión de experiencias
en el campo pastoral. Entre las materias cuyo estudio sería oportuno
que abordase, deberían actualmente figurar las comunidades de
base.
33.
El CELAM debe aumentar sus relaciones con los Organismos Latinoamericanos
y mundiales para un mejor servicio al continente.
Otras
exigencias de la Pastoral de conjunto
34.
La Pastoral de conjunto, teniendo en cuenta el momento actual de la
Iglesia en América Latina, además de la ya mencionada
reforma de estructuras, exige:
a)
Una renovación personal, y
b)
Una acción pastoral debidamente planificada de acuerdo con
el proceso de desarrollo de América Latina.
35.
La renovación personal implica un proceso de continua mentalización
y "aggiornamento", desde un doble punto de vista:
a)
Teológico-pastoral, fundamentado en los Documentos Conciliares
y en la teología vigente; y
b)
Pedagógico, proveniente de un continuo diálogo apoyado
en la dinámica de grupo y en una revisión sobre la acción
mediante tipos de pastoral, tendiente a crear un auténtico
sentido comunitario, sin el cual es totalmente imposible una genuina
pastoral de conjunto.
Esta
renovación personal debe alcanzar a todas las esferas del Pueblo
de Dios, creando en obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, movimientos
y asociaciones, una sola conciencia eclesial.
36.
Una acción pastoral planificada exige:
a)
Estudio de la realidad del ambiente con la colaboración técnica
de organismos y personas especializadas;
b)
Reflexión teológica sobre la realidad detectada;
c)
Censo y ordenamiento de los elementos humanos disponibles y de los
materiales de trabajo; el personal especializado se preparará
en los diversos Institutos nacionales o latinoamericanos;
d)
Determinación de las prioridades de acción;
e)
Elaboración del plan pastoral. Se deben seguir para éstos
los principios técnicos y serios de una auténtica planificación,
dentro de una integración en planes de nivel superior.
f
) Evaluación periódica de las realizaciones.